Visitando Ramallah, la Capital de la Autoridad Palestina

19/Feb/2018

The Times of Israel, por: Lilia Gaufberg (*)

Visitando Ramallah, la Capital de la Autoridad Palestina

Hace untiempo subí al autobús 218 desde Jerusalem a
Ramallah, la principal ciudad árabe (palestina) en el área A de Judea y
Samaria, más comúnmente conocida como Cisjordania. 45 minutos y un punto de
control de seguridad más tarde, las colinas de Jerusalem, salpicadas con el
azul y el blanco de la bandera israelí, se mezclaron en bulliciosos paisajes
salpicados de rojo, negro y verde.
Ramallah es una ciudad como cualquier otra: viva, con
sonidos y olores, madura con una energía única en áreas ampliamente pobladas.
Vi hermosos edificios de apartamentos, escuelas y mezquitas imponentes
contrastadas con calles llenas de basura. En la principal ciudad de la
Autoridad Palestina, presencié a niñas en camisetas sin mangas y pantalones
cortos bebiendo café helado frente a las mezquitas durante el llamado a la
oración. En este paisaje de la vida, un elemento abrumador se sintió fuera de
lugar: en Ramallah, a donde quiera que vaya, un odio vehemente a Israel y una
negación de la historia judía en la tierra de Israel irrumpe por toda la
ciudad, una abrumadora corriente de opresión de identidad.
En Ramallah, las calles y plazas llevan los nombres de
terroristas reconocidos internacionalmente. El museo principal en el centro de
la ciudad, titulado “Museo Yasser Arafat”, con pisos de mármol, guardias
condecorados, y una piscina para niños, contiene exhibiciones que elogian las
“intifadas”, las guerras terroristas, infligidas a los judíos y orquestadas en
gran parte por los propios líderes palestinos.
Comunicado de prensa emitido por la Dirección Nacional Unida
por la Intifada (Lilia Gaufberg)
Ramallah es una ciudad de contraste: la gente en las calles
es cálida y acogedora, pero la ciudad habla de un consenso hacia la destrucción
total de Israel y, en última instancia, del pueblo judío.
En Ramallah, las madres y sus hijos caminan por las calles
con imágenes de asesinos pegados en las paredes de las tiendas y cafés. En
Ramallah, la promoción de la violencia estratégicamente enmascarada bajo las
nobles formas de “venganza” y “resistencia” es desenfrenada. Quería ver el otro
lado, por así decirlo. Comencé mi experiencia en Ramallah con una mente y un
corazón abiertos, con el objetivo de comprender verdaderamente las percepciones
y las quejas de las personas que viven allí. Lo que vi fue esto: una ciudad
vibrante, una como cualquier otra, con un odio injusto y fuera de lugar que
forja sus cimientos.
Una imagen de un árabe con un keffiyeh, un símbolo de
militancia y terror palestinos, rompiendo la Declaración Balfour. Exuesta a lo
largo de las calles de Ramallah. (Lilia Gaufberg)
Una imagen de un árabe con un keffiyeh, un símbolo de
militancia y terror palestinos, rompiendo la Declaración Balfour. Exuesta a lo
largo de las calles de Ramallah. (Lilia Gaufberg)
La propaganda más poderosa es del tipo que es sutil; se
funde a la perfección con el entorno cotidiano, un telón de fondo constante y
estable en el ajetreo de la vida cotidiana. Se aferra al aire como una capa de
niebla impenetrable, poco llamativa. Aquellos que son más influenciados por la
propaganda no están en absoluto conscientes de sus efectos de lavado de
cerebro. El odio a Israel y una narrativa de injusticia hacia el “pueblo
palestino” están entretejidos en el tejido social de ciudades como Ramallah,
una parte integral del carácter de la ciudad.
Ramallah es la capital actual de la Autoridad Palestina y,
en el paradigma típico de “solución de dos estados”, Ramallah sería la ciudad
más importante del Estado palestino. Ver a Ramallah con mis propios ojos
confirmó mi profundo escepticismo sobre la idea de dos Eestados en la tierra de
Israel: que un Estado palestino con el actual sistema y mentalidad de Ramallah,
en el que el edificio más elaborado de la ciudad conmemora a un asesino, en el
que una repulsión hacia el Estado Judío se extiende por la ciudad como un
plaga, sería nada menos que una sociedad cleptocrática basada en el odio y una
narrativa de victimización. Esta realidad significaría un futuro sombrío para
los árabes (palestinos).
Para quienes, como yo, aspiramos a abogar por la justicia y la
realización de la paz para todos, un Estado palestino con Ramallah como capital
y, por lo tanto, un Estado basado en la violencia, el odio vehemente y el
anhelo de la destrucción de una nación entera, sería la antítesis de estos
ideales liberales.Un árabe con una keffiyeh, una prenda usada para simbolizar
la «resistencia» militante, sosteniendo un arma. Museo Yasser Arafat.
(Lilia Gaufberg)
Un árabe con una keffiyeh, una prenda usada para simbolizar
la “resistencia” militante, sosteniendo un arma. Museo Yasser Arafat. (Lilia
Gaufberg)
Reingresar a Jerusalem después de un largo día en Ramallah
fue como poder respirar nuevamente. En Jerusalem, judíos, árabes y cristianos
se suben a los mismos autobuses, compran en las mismas tiendas y comparten la
ciudad por completo. Jerusalem, aunque a menudo tensa y políticamente cargada,
es una ciudad en la que se puede observar claramente una vida pacífica para
todos en su forma más pura. Si estos ideales armoniosos de coexistencia en
lugar de odio se hubieran integrado en la base ética de Ramallah, la capital de
la Autoridad Palestina, este rincón turbulento del mundo podría estar
significativamente más cerca de alcanzar la paz.
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